Seré sincera. La primera vez fue un recuerdo para borrar. La segunda fue un recuerdo inolvidable y divertido.
Era la noche de reyes. Salí de trabajar muy tarde. Pero él me estaba esperando. Le dije a mi madre que me iría directamente. Le recogimos en su calle. Estaba sentado en un portal. Llevaba un macuto enorme.
La dejamos a ella en Murcia, con él. Estate atenta al móvil. Cuando nos recojamos te llamo. Y emprendimos nuestro camino dirección.. Ibis.
Estaba nerviosa, ilusionada. Cuando llegamos me metí al baño, a ducharme. Aún recuerdo la ropa que me puse. Recuerdo abrir la puerta y estar todo a oscuras, tan sólo con la tenue luz de las velas. Recuerdo oír a los Red Hot, y recuerdo lo bonito que estaba todo.
Las horas siguientes se llenaron de cambios de postura, de movimientos torpes, de sonrisas, de besos, de caricias. Había comprado bebida, whisky, pero no teníamos vasos, ni hielo y no llegamos a abrir aquella botella.
Al principio de conocernos, hablaba mucho de música. De toda la que le gustaba. Me dijo que había un disco que no encontraba, el único que le faltaba. Así que lo busqué. Busqué en todas las tiendas, pregunté en todas partes hasta que apareció.
"Tengo algo para ti". No pensé que le fuese a hacer tanta ilusión, sin embargo, le encantó. "Nadie me ha tratado nunca así". Y todo empezó de nuevo.
Parecía que íbamos mejorando cuando de repente, levanté la cabeza y le pregunté: "¿No ves demasiada luz?" Levantó su cabeza, se incorporó y miró detrás de mí. "¡FUEGO!"
Las sábanas habían caído sobre las velas que estaban alrededor de la cama, justo debajo. Habían comenzado a arder, la moqueta se había prendido. Dio un salto y fue corriendo a por algo para apagar el fuego. No podía parar de reírme. Tal vez fue el ataque de pánico, tal vez fue el verle a él desnudo corriendo de un lado a otro manta en mano. Se molestó bastante en ese momento, aunque después comenzó a reír. Esa sí fue una escena inolvidable. Recuerdo mi cara y la suya al oír al recepcionista llamar a la puerta y decir que habían saltado los detectores de humo. Cómo pudimos reírnos.
Tiempo después, en el coche, decidí realizar una confesión. Y para ello, el estribillo de una canción: "Yo soy tu maestro, fui el segundo en tu vida, pero el primero en amarte".
No puedo culpar a D por aquella primera vez en el callejón. No le dije la verdad hasta ese momento. Juntos decidimos olvidarla y que nuestro pequeño incendio se convirtiera en la primera vez, pero lo cierto es que a día de hoy, aún me arrepiento...
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