Tengo que seguir por aquí, aún queda mucho, muchísimo que contar...
Si había algo que caracterizaba a D desde el principio eran sus detalles. Los primeros eran mensajes. Mensajes que llegaban a todas horas del día. Canciones, poesías, o simplemente palabras de amor.
Aparecía continuamente por la tienda, dándome conversación o simplemente saludándome. El problema con el que D se topaba era que yo jamás había salido con nadie. Que los hombres que se habían cruzado en mi vida nunca me habían "hecho caso", y me resultaba resultaba difícil creer en su actitud. Y principalmente, contaba con el problema de no ser el único en mi cabeza, sino el recién llegado.
De hecho, llegados a este punto, debo decir que si por algo me he caracterizado siempre ha sido por creer en el amor, y cuando le conocí, creía estar enamorada de otras personas. Además, D tenía otro pequeño fallo, era menor que yo. Y aunque pueda parecer absurdo, siempre fue una piedra importante en el camino.
Aún recuerdo el día que me confesó la edad que tenía, un poco antes de su cumpleaños. Cuando le oí, todas las dudas que ya me invadían se me echaron encima. Esa misma semana convoqué al "consejo de sabias" y les expliqué lo que pasaba. Les conté, que no tenía claro que quisiera seguir con él y que no sabía qué hacer. La respuesta fue clara, "haz lo que quieras, pero no le hagas daño, y no te lo hagas a ti. No puedes utilizarlo para sacar otros clavos".
D me llamaba cada noche. Nunca se cansaba. Pero aquel día, la conversación no fue lo que él esperaba. Le mandé un mensaje con la típica frase "tenemos que hablar" y sus mensajes comenzaron a llegar como olas de un mar revuelto.
Intenté explicarle lo que pasaba, que no lo tenía claro, que no quería hacerle daño, que éramos muy diferentes, que sería difícil... Aún recuerdo su respuesta, "eres lo mejor que me ha pasado nunca y no quiero que me dejes. Pero si es lo que quieres, vale". Me despedí de él entre lágrimas y colgué.
28 de noviembre. Hacía frío, era un día húmedo. Salía temprano de trabajar y no pude evitarlo. Por alguna razón extraña quería hacerle un regalo. Tal vez porque sólo hacía un par semanas desde que le había dejado y me dolía hacerle daño. Sabía que no debía verle. Mi sabia R me advirtió que no lo hiciese. Y que si lo hacía, no me dejase llevar. Pero...
Le recogí en su casa y nos fuimos a un bar cercano. Nada especial. Hablamos de tonterías. Después me preguntó qué había pasado. Le expliqué lo mucho que lo sentía, me justifiqué, y después él me miró. Me miró con aquellos ojos verdes que me desarmaban. Se acercó y le besé. Fui incapaz de resistirme. Después se sintió confuso, tanto como yo. No sabía por qué lo había hecho.
Llegó la hora de irme. Le llevé a casa, y cuando se bajaba del coche, la saqué de la guantera. Había impreso una de las fotos que nos habíamos hecho durante esas semanas y había escrito en ella, "no voy a olvidarte". Y así, con un beso de despedida quedó la historia.
D no abandonó. Siguió mandando mensajes. Y con cada uno sentía que le añoraba. Entonces ocurrió algo...
Salía a tomar café con una compañera. Íbamos hablando alegremente cuando al girar la cabeza le vi. Subía por las escaleras mecánicas. Iba acompañado. Nuestras miradas se cruzaron, mi estómago se hizo un nudo, y mi corazón se aceleró. Por un momento el tiempo se detuvo. Fue una sensación indescriptible, y por mucho que intente explicarlo jamás podré hacer entender qué sentí en aquel instante. Lo que si puedo explicar, es que ese algo lo cambió todo para siempre.