martes, 27 de agosto de 2013

Gentleman

Cuando A se fue, me quedé extasiada. Naty reía sin parar diciéndome: ¡Es un Gentleman!
Yo por mi parte no paraba de sonreír y dar vueltas a lo que acababa de ocurrir.

Pasado un rato, movilizamos al grupo y decidimos coger camino hacia una conocida discoteca "Luminata". No recuerdo si pagamos la entrada o nos dejaron pasar gratis, pero recuerdo qué ocurrió al entrar. 

Prácticamente la discoteca aún estaba vacía. Entramos y nos acoplamos a la izquierda, junto a una mesa donde pudimos dejar todo lo que llevábamos, que no era poco. Después, fui con las chicas al baño. Me arreglé el pelo, me pinté los labios y salimos a darlo todo en la pista de baile. Aunque eso sí, primero hicimos una parada para pedir un mojito. 

Y ahí estaba yo, bailando con más ganas que nunca, riendo, y como de costumbre, observando a todos los que nos rodeaban. Entonces le vi. 

Estaba sentado en una especie de barra. Le miré. Algo dentro de mí empezó a volverse loco. Y me acerqué a él. Me senté a su lado, mojito en mano: "Quiero saber de dónde viene esa chulería". No recuerdo qué más le dije, ni que me contestó él.  Aunque si  recuerdo que nos hicieron una foto, algo que me pareció muy raro, y que poco después me levanté y volví con el grupo. Pasado un rato, el Gentleman desapareció de mi vista. 

Fue Naty de nuevo quien me preguntó por él. "Lo he perdido" le dije, no le veo. "Vamos a dar una vuelta". Me cogió de la mano y atravesamos la discoteca. No tardamos mucho en encontrarle. Ahí estaba, sentado en una escalera junto a la tarima. Serio, observando lo que le rodeaba. "Ahí está" y ella desapareció. Me acerqué a él, sonriendo. Nos miramos, dijimos algo y nos besamos. Pero este fue un beso distinto, intenso. Me despedí de él y me fui...


lunes, 26 de agosto de 2013

Y llegó A.

Era una noche de invierno cualquiera hasta que llegaron las 21. Me mandaron antes a casa en el trabajo. Vuestra tía Vick me llamó para que me fuese a Murcia de fiesta. Me entretuve un poco en arreglarme, recogí a Cristina y nos marchamos.

Quedamos en un bar, "El copas rotas". Mientras nos acercábamos, comencé a escuchar gritos. Al entrar... una canción y un ¡¡ Felicidades!!

Ahí estaban todos mis amigos reunidos por mi cumpleaños. La tía Vick me había organizado una fiesta sorpresa. Fue uno de los momentos más emocionantes que he vivido. No lloré, que conste, pero porque llevaba maquillaje y no quería acabar con la cara hecha una pena.

Después de saludarlos a todos llegó el momento de bailar, beber, abrir regalos y fumar. Lo estaba pasando de maravilla, pero el tabaco...¡ay! Salí fuera en busca de un cigarrillo, loca perdida y con mi cerveza en mano. Al salir me encontré a Naty, ya os hablaré de ella, charlando con dos chicos. Los paró para preguntarles la hora.  Uno de ellos se apartó un poco y entabló conversación con Noe mientras el otro se quedaba con Naty. Sin tener muy claro el por qué, le pedí a ese que le diese un beso a Naty.

La verdad es que la respuesta del chico fue cuanto menos, sorprendente:
- Si me das diez euros se lo doy.
- Lo besos no se pagan, se dan gratis.
- Cinco euros y se lo doy.
- Te he dicho que los besos se regalan, no se piden.
- Un euro.

Cabezón cómo el sólo. Mientras, Naty se negaba a que nadie le diese un beso y yo intentaba venderla. ¿Sabéis que ocurrió al final?
- Gratis te lo daba a ti.

Un segundo después, ese chico me estaba besando. Su mano sujetaba suavemente mi nuca mientras me daba un beso dulce, tierno, delicado, inolvidable.

Mientras me besaba, apareció la tía Vick, como siempre quejándose, apartándome de aquel chico recién llegado. "Si te interesa le pides el teléfono y mañana la llamas para un café", esas fueron sus palabras. Después justifiqué su actitud, "es mi conciencia" dije. Ella se presentó, bromeó un poco y con la chulería que la caracteriza, acabó con aquella primera conversación.

 Y eso fue lo que ocurrió, nos dimos los teléfonos y cada uno siguió su camino.



jueves, 8 de agosto de 2013

D. Días de octubre.


Como no podía ser menos, la historia continuó.

Después de aquel encuentro, lo reconozco, fui incapaz de resistirme a llamarle. Debía confesar que algo había cambiado y fue justo lo que hice. Le confesé a D que al verle, se había detenido el tiempo, que me habían temblado las piernas, que no le esperaba y que después de aquello necesitaba volver a verle.

No puedo explicaros el por qué, porque no tiene explicación. Tan sólo hay una frase con la que resumir aquellos momentos, "En las cosas del corazón, no manda la razón".

Y así, sin más, volvimos a salir.

En concreto, recuerdo una tarde en la que el cielo ya anunciaba que aquella historia sería lo que iba a ser.

Habíamos quedado en el centro. Yo estaba en el dentista con mi hermana. Cuando terminamos, fuimos juntos al Kenedy, un bar murciano con bastante encanto. Sería estúpido contar de qué hablamos porque no lo recuerdo, aunque creo que intentó explicarme por primera vez lo que era un "fuera de juego" en fútbol. Digo por primera vez, porque a día de hoy, y después de varios intentos, aún no lo he entendido.

La tarde transcurrió con normalidad y llegó el momento de pagar. Como D estaba por la labor de parecer un "caballero", invitó él. Lo curioso de la invitación fue que la criatura quiso pagar todo en monedas de 2, 5, y 10 céntimos. Imaginar el jaleo de monedas que eran. Serían al menos 5 euros en chatarra. Pues bien, viene el camarero, se lleva todas las monedas alucinado y nos quedamos ahí un rato más esperando que V saliese del baño.

Cuando estábamos recogiendo todo para irnos, se acerca el mismo camarero muy dispuesto : "Perdona, me faltan cuarenta céntimos".

 Sí. ¿Imagináis su cara? Yo aún me muero de la risa cada vez que la recuerdo. Menudo apuro, pobre chico.

Pues por si fuera poco, cuando salimos a la calle estaba diluviando. Caía tanta agua, que era imposible ver las farolas. Él venía en moto así que tenía que llevarlo a casa porque no había posibilidad de que se fuese con aquel aguacero.

Al mismo tiempo, mi madre no paraba de llamarme para ver dónde estaba. No sabía llegar a dónde él vivía y valiente de mí, me inventé el camino. Estoy segura de que en ese momento se dio cuenta de que cuando me agobio no tengo "muchas luces".

Le dejé a la entrada de su calle, un poco lejos de su casa, y salí corriendo.

Quién me iba a decir a mí por aquel entonces, que haría tantas veces aquel camino y que las monedas y el aguacero eran un preludio de lo que vendría después...




domingo, 4 de agosto de 2013

Y entonces P...

P llegó una calurosa noche de Julio. Aquel verano las salidas nocturnas eran habituales, aunque nunca sabíamos cuál sería el final.

Ese día salimos a cenar. Buena comida y buen vino. Muchas risas y después como siempre, alcohol.

Nos juntamos un buen grupo. Aunque nosotras, siempre solas entre todos ellos. Subimos a la terraza. Más vino...aquel verano el vino era como los tejanos, un básico.

La noche avanzó y acabamos en una conocida discoteca de Murcia. Casi vacía, un grupo de chicos llamó mi atención. Uno de ellos en concreto. Aún recuerdo su camisa a rayas, su pelo moreno, su pose seria vaso en mano.

Bailamos un rato y después me acerqué a ella y le dije "me gusta ese chico". Y T, ni corta ni perezosa, me cogió, y nos acercamos a la barra justo al lado de ellos con intención no de beber, sino de hablar. Resultaba que conocía a un par de esos chicos y comenzó a hablar con ellos. Mientras, pedí dos chupitos de tequila a los que, por sorpresa, invitó la camarera.

¿Y ésto qué tiene que ver? Voy a ello...

T se gira, vaso en mano, y queriendo o sin querer, no sé aún muy bien cómo, tira su tequila sobre aquel moreno que tanto me había gustado. Y así, sin más, nos disculpamos y comenzamos a hablar con los chicos. No recuerdo qué le dije, pero recuerdo que en cuestión de un minuto, estábamos solos. La conversación no duró mucho. De nuevo a la barra, y de nuevo otro chupito. Ésta vez los pidió él, y para más sorpresa aún, la camarera sí se los cobró. Brindamos, bebemos y un instante después, nos besamos.
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La gente fue desapareciendo. Mis amigos se esfumaron, los suyos también, pero no nos dimos cuenta. No, hasta que los besos llevaron a las manos, y no había dónde esconderse. No hasta que decidimos salir a la calle.

Aún era de noche. Éramos dos desconocidos que se abrazaban mientras caminaban por una ciudad a esas horas desierta.

Dirección al coche, hablamos de tonterías en un intento de conocernos un poco. Parecía casi una obligación por habernos dejado llevar. Al llegar, las palabras desaparecieron, volvieron los besos, las caricias, nuestras manos no tenían freno. Fue la luz del sol quien nos detuvo. Después, un móvil y una despedida. No había promesas de un "te llamaré". Parecía ser una de esas noches fugaces que no acaban en nada pero...

La verdad es que ahí comenzó una breve historia que solo puede definirse con una palabra, Pasión.

jueves, 1 de agosto de 2013

D 2. Un mal comienzo.

Tengo que seguir por aquí, aún queda mucho, muchísimo que contar...

Si había algo que caracterizaba a D desde el principio eran sus detalles. Los primeros eran mensajes. Mensajes que llegaban a todas horas del día. Canciones, poesías, o simplemente palabras de amor.

Aparecía continuamente por la tienda, dándome conversación o simplemente saludándome. El problema con el que D se topaba era que yo jamás había salido con nadie. Que los hombres que se habían cruzado en mi vida nunca me habían "hecho caso", y me resultaba resultaba difícil creer en su actitud. Y principalmente, contaba con el problema de no ser el único en mi cabeza, sino el recién llegado.

De hecho, llegados a este punto, debo decir que si por algo me he caracterizado siempre ha sido por creer en el amor, y cuando le conocí, creía estar enamorada de otras personas. Además, D tenía otro pequeño fallo, era menor que yo. Y aunque pueda parecer absurdo, siempre fue una piedra importante en el camino.

Aún recuerdo el día que me confesó la edad que tenía, un poco antes de su cumpleaños. Cuando le oí, todas las dudas que ya me invadían se me echaron encima. Esa misma semana convoqué al "consejo de sabias" y les expliqué lo que pasaba. Les conté, que no tenía claro que quisiera seguir con él y que no sabía qué hacer. La respuesta fue clara, "haz lo que quieras, pero no le hagas daño, y no te lo hagas a ti. No puedes utilizarlo para sacar otros clavos".

D me llamaba cada noche. Nunca se cansaba. Pero aquel día, la conversación no fue lo que él esperaba. Le mandé un mensaje con la típica frase "tenemos que hablar" y sus mensajes comenzaron a llegar como olas de un mar revuelto.

Intenté explicarle lo que pasaba, que no lo tenía claro, que no quería hacerle daño, que éramos muy diferentes, que sería difícil... Aún recuerdo su respuesta, "eres lo mejor que me ha pasado nunca y no quiero que me dejes. Pero si es lo que quieres, vale". Me despedí de él entre lágrimas y colgué.

 28 de noviembre. Hacía frío, era un día húmedo. Salía temprano de trabajar y no pude evitarlo. Por alguna razón extraña quería hacerle un regalo. Tal vez porque sólo hacía un par semanas desde que le había dejado y me dolía hacerle daño. Sabía que no debía verle. Mi sabia R me advirtió que no lo hiciese. Y que si lo hacía, no me dejase llevar. Pero...

Le recogí en su casa y nos fuimos a un bar cercano. Nada especial. Hablamos de tonterías. Después me preguntó qué había pasado. Le expliqué lo mucho que lo sentía, me justifiqué, y después él me miró. Me miró con aquellos ojos verdes que me desarmaban. Se acercó y le besé. Fui incapaz de resistirme. Después se sintió confuso, tanto como yo. No sabía por qué lo había hecho.

Llegó la hora de irme. Le llevé a casa, y cuando se bajaba del coche, la saqué de la guantera. Había impreso una de las fotos que nos habíamos hecho durante esas semanas y había escrito en ella, "no voy a olvidarte". Y así, con un beso de despedida quedó la historia.

D no abandonó. Siguió mandando mensajes. Y con cada uno sentía que le añoraba. Entonces ocurrió algo...

Salía a tomar café con una compañera. Íbamos hablando alegremente cuando al girar la cabeza le vi. Subía por las escaleras mecánicas. Iba acompañado. Nuestras miradas se cruzaron, mi estómago se hizo un nudo, y mi corazón se aceleró. Por un momento el tiempo se detuvo. Fue una sensación indescriptible,  y por  mucho que intente explicarlo jamás podré hacer entender qué sentí en aquel instante. Lo que si puedo explicar, es que ese algo lo cambió todo para siempre.