En el curso normal de mi vida, me habría ido y ahí habría quedado todo, en un "te llamaré". Pero para mi asombro, aún había más por vivir.
Volví donde estaban mi hermana y mis amigos. Como no, ella estaba enfadada por haberme ido a besar a aquel chico, había hecho lo de siempre (según ella, claro está). Se despidió enfadada de mí, y se fue.
Al salir, tan sólo éramos cuatro. Jorge, Naty, Noelia y yo. Nos organizamos para irnos a Mariano Rojas (una zona de tascas), y en ese tiempo, A salió de la discoteca.
Seré sincera, no recuerdo exactamente el momento, ni cómo me moví, ni qué dije. Recuerdo que su amigo estaba hablando con Noelia, y que mientras, yo estaba abrazada a él, apoyada en un coche. Le besaba y le miraba con miedo. Me gustaba, me gustaba mucho. Era extraño pero me sentía tan cómoda abraza a él...
Cuando el miedo me había invadido, atiné a decir aquello que siempre pensaba pero que callaba para mí. Le pregunté si realmente me llamaría, si no sería un rollo más de tantos. Era casi una súplica, un "si vas a hacerme daño, déjalo, ya he sufrido bastante". Y fue ahí cuando mi Gentleman, con su voz sensual y su intensa mirada me dijo que me llamaría al día siguiente, es más, me preguntó a qué hora quería que me llamase.
"A las dos. ¿Seguro que me llamarás? - Si".
Me fui de allí como si me hubiesen regalado un trozo de cielo. Y eso que tan sólo era la promesa de un extraño al que acaba de conocer. Un extraño que me había regalado sus besos. Un extraño que me hacía sentir segura entre sus brazos y temerosa en su mirada.
¡Oh! Qué noche...qué fiesta sorpresa..qué recuerdos..
¿Queréis una anécdota curiosa? Esa noche A no fue el único en besarme. Esa noche, una extraña me robó un beso sin darme cuenta. Aunque esa, ya es otra historia...
lunes, 23 de septiembre de 2013
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Yo soy tu maestro
Seré sincera. La primera vez fue un recuerdo para borrar. La segunda fue un recuerdo inolvidable y divertido.
Era la noche de reyes. Salí de trabajar muy tarde. Pero él me estaba esperando. Le dije a mi madre que me iría directamente. Le recogimos en su calle. Estaba sentado en un portal. Llevaba un macuto enorme.
La dejamos a ella en Murcia, con él. Estate atenta al móvil. Cuando nos recojamos te llamo. Y emprendimos nuestro camino dirección.. Ibis.
Estaba nerviosa, ilusionada. Cuando llegamos me metí al baño, a ducharme. Aún recuerdo la ropa que me puse. Recuerdo abrir la puerta y estar todo a oscuras, tan sólo con la tenue luz de las velas. Recuerdo oír a los Red Hot, y recuerdo lo bonito que estaba todo.
Las horas siguientes se llenaron de cambios de postura, de movimientos torpes, de sonrisas, de besos, de caricias. Había comprado bebida, whisky, pero no teníamos vasos, ni hielo y no llegamos a abrir aquella botella.
Al principio de conocernos, hablaba mucho de música. De toda la que le gustaba. Me dijo que había un disco que no encontraba, el único que le faltaba. Así que lo busqué. Busqué en todas las tiendas, pregunté en todas partes hasta que apareció.
"Tengo algo para ti". No pensé que le fuese a hacer tanta ilusión, sin embargo, le encantó. "Nadie me ha tratado nunca así". Y todo empezó de nuevo.
Parecía que íbamos mejorando cuando de repente, levanté la cabeza y le pregunté: "¿No ves demasiada luz?" Levantó su cabeza, se incorporó y miró detrás de mí. "¡FUEGO!"
Las sábanas habían caído sobre las velas que estaban alrededor de la cama, justo debajo. Habían comenzado a arder, la moqueta se había prendido. Dio un salto y fue corriendo a por algo para apagar el fuego. No podía parar de reírme. Tal vez fue el ataque de pánico, tal vez fue el verle a él desnudo corriendo de un lado a otro manta en mano. Se molestó bastante en ese momento, aunque después comenzó a reír. Esa sí fue una escena inolvidable. Recuerdo mi cara y la suya al oír al recepcionista llamar a la puerta y decir que habían saltado los detectores de humo. Cómo pudimos reírnos.
Tiempo después, en el coche, decidí realizar una confesión. Y para ello, el estribillo de una canción: "Yo soy tu maestro, fui el segundo en tu vida, pero el primero en amarte".
No puedo culpar a D por aquella primera vez en el callejón. No le dije la verdad hasta ese momento. Juntos decidimos olvidarla y que nuestro pequeño incendio se convirtiera en la primera vez, pero lo cierto es que a día de hoy, aún me arrepiento...
Era la noche de reyes. Salí de trabajar muy tarde. Pero él me estaba esperando. Le dije a mi madre que me iría directamente. Le recogimos en su calle. Estaba sentado en un portal. Llevaba un macuto enorme.
La dejamos a ella en Murcia, con él. Estate atenta al móvil. Cuando nos recojamos te llamo. Y emprendimos nuestro camino dirección.. Ibis.
Estaba nerviosa, ilusionada. Cuando llegamos me metí al baño, a ducharme. Aún recuerdo la ropa que me puse. Recuerdo abrir la puerta y estar todo a oscuras, tan sólo con la tenue luz de las velas. Recuerdo oír a los Red Hot, y recuerdo lo bonito que estaba todo.
Las horas siguientes se llenaron de cambios de postura, de movimientos torpes, de sonrisas, de besos, de caricias. Había comprado bebida, whisky, pero no teníamos vasos, ni hielo y no llegamos a abrir aquella botella.
Al principio de conocernos, hablaba mucho de música. De toda la que le gustaba. Me dijo que había un disco que no encontraba, el único que le faltaba. Así que lo busqué. Busqué en todas las tiendas, pregunté en todas partes hasta que apareció.
"Tengo algo para ti". No pensé que le fuese a hacer tanta ilusión, sin embargo, le encantó. "Nadie me ha tratado nunca así". Y todo empezó de nuevo.
Parecía que íbamos mejorando cuando de repente, levanté la cabeza y le pregunté: "¿No ves demasiada luz?" Levantó su cabeza, se incorporó y miró detrás de mí. "¡FUEGO!"
Las sábanas habían caído sobre las velas que estaban alrededor de la cama, justo debajo. Habían comenzado a arder, la moqueta se había prendido. Dio un salto y fue corriendo a por algo para apagar el fuego. No podía parar de reírme. Tal vez fue el ataque de pánico, tal vez fue el verle a él desnudo corriendo de un lado a otro manta en mano. Se molestó bastante en ese momento, aunque después comenzó a reír. Esa sí fue una escena inolvidable. Recuerdo mi cara y la suya al oír al recepcionista llamar a la puerta y decir que habían saltado los detectores de humo. Cómo pudimos reírnos.
Tiempo después, en el coche, decidí realizar una confesión. Y para ello, el estribillo de una canción: "Yo soy tu maestro, fui el segundo en tu vida, pero el primero en amarte".
No puedo culpar a D por aquella primera vez en el callejón. No le dije la verdad hasta ese momento. Juntos decidimos olvidarla y que nuestro pequeño incendio se convirtiera en la primera vez, pero lo cierto es que a día de hoy, aún me arrepiento...
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