viernes, 11 de octubre de 2013

A las dos

Aquel sábado me levanté inquieta. Miraba ansiosa el móvil, ¿me llamará? 
Cuando sonó me puse histérica, aún estaba dormida. Era del trabajo, ¿puedes venirte antes?

Me habría gustado contestar "no, no puedo entrar a las dos porque espero una llamada", pero en realidad dije "si, a las dos y cuarto estoy ahí, antes no me da tiempo". 

Me monté en el coche, miré el reloj, las 13:59. ¿Llamará? 

Me acomodé, me puse el cinturón y... ahí estaba. Tal y como había prometido, A llamaba a las dos (minuto arriba, minuto abajo). Me puse tan nerviosa que casi no me salía la voz del cuerpo. Sin embargo su voz sonaba tan sensual, tan segura, tan "te lo dije", que enseguida perdí el miedo. Le expliqué que no podía hablar con él, que tenía que irme a trabajar. Me preguntó si tenía descanso y quedamos en que hablaríamos en ese momento. 

Creo que nunca he tenido tantas ganas de parar a descansar como aquella tarde. Imagino que serían las cuatro o las cinco, o tal vez la seis cuando paré, la verdad es que no lo recuerdo. Lo que si recuerdo es que le llamé y no contestó. 

Su respuesta vino más tarde, por whatsapp. Me dijo que estaba trabajando y que no podía hablar. Imaginar mi chasco. En tan sólo unas horas ya se ha olvidado de que habíamos quedado en hablar. 
Me preguntó acerca de mi trabajo, dónde estaba, que hacía, lo típico. Pero no llamó, escribió. 

La tarde fue larguísima. Caja y más caja. Gente por todas partes y yo ahí, cobra que te cobra, repitiendo una y otra vez las mismas frases. Llevaba una camiseta roja y un pañuelo también rojo. Y no paraba de dar vueltas al plantón telefónico que me había dado A. 

La tarde se estaba acabando. Parecía que la cola había desaparecido, tan sólo una pareja y un par de chicos estaban esperando. Los chicos hablaban entre ellos y miraban hacia el fondo. Uno más bajito y otro alto, con camisa roja a cuadros. 

El chico de cuadros se gira, zapato en mano y me mira. Ahí estaba, sin avisar. Me puse tan nerviosa que casi no sabía que estaba haciendo. Notaba cómo mis mejillas empezaban a arder. "No te he visto entrar" le dije. No se me ocurrió nada más ingenioso la verdad, no podía pensar. Miré su carné y su tarjeta sin leer ni el nombre. Al final, conseguí articular palabra para preguntar si salía esa noche, y de paso, decirle que también yo saldría. 

Cuando A se fue pedí a mi compañera que me sustituyera. Entré al almacén, me mojé la cara y durante la hora y pico que me quedaba,  sonreí cómo si me hubiesen encajado la mandíbula. Estaba alucinada, sorprendida y feliz. 






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