jueves, 8 de agosto de 2013
D. Días de octubre.
Como no podía ser menos, la historia continuó.
Después de aquel encuentro, lo reconozco, fui incapaz de resistirme a llamarle. Debía confesar que algo había cambiado y fue justo lo que hice. Le confesé a D que al verle, se había detenido el tiempo, que me habían temblado las piernas, que no le esperaba y que después de aquello necesitaba volver a verle.
No puedo explicaros el por qué, porque no tiene explicación. Tan sólo hay una frase con la que resumir aquellos momentos, "En las cosas del corazón, no manda la razón".
Y así, sin más, volvimos a salir.
En concreto, recuerdo una tarde en la que el cielo ya anunciaba que aquella historia sería lo que iba a ser.
Habíamos quedado en el centro. Yo estaba en el dentista con mi hermana. Cuando terminamos, fuimos juntos al Kenedy, un bar murciano con bastante encanto. Sería estúpido contar de qué hablamos porque no lo recuerdo, aunque creo que intentó explicarme por primera vez lo que era un "fuera de juego" en fútbol. Digo por primera vez, porque a día de hoy, y después de varios intentos, aún no lo he entendido.
La tarde transcurrió con normalidad y llegó el momento de pagar. Como D estaba por la labor de parecer un "caballero", invitó él. Lo curioso de la invitación fue que la criatura quiso pagar todo en monedas de 2, 5, y 10 céntimos. Imaginar el jaleo de monedas que eran. Serían al menos 5 euros en chatarra. Pues bien, viene el camarero, se lleva todas las monedas alucinado y nos quedamos ahí un rato más esperando que V saliese del baño.
Cuando estábamos recogiendo todo para irnos, se acerca el mismo camarero muy dispuesto : "Perdona, me faltan cuarenta céntimos".
Sí. ¿Imagináis su cara? Yo aún me muero de la risa cada vez que la recuerdo. Menudo apuro, pobre chico.
Pues por si fuera poco, cuando salimos a la calle estaba diluviando. Caía tanta agua, que era imposible ver las farolas. Él venía en moto así que tenía que llevarlo a casa porque no había posibilidad de que se fuese con aquel aguacero.
Al mismo tiempo, mi madre no paraba de llamarme para ver dónde estaba. No sabía llegar a dónde él vivía y valiente de mí, me inventé el camino. Estoy segura de que en ese momento se dio cuenta de que cuando me agobio no tengo "muchas luces".
Le dejé a la entrada de su calle, un poco lejos de su casa, y salí corriendo.
Quién me iba a decir a mí por aquel entonces, que haría tantas veces aquel camino y que las monedas y el aguacero eran un preludio de lo que vendría después...
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